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El Día de los Mendigos

Camilo de los Milagros para DPEH

Como un Califa del Bagdad de las Mil y Una Noches, gran Harún Al-Raschid comendador de los creyentes, YO también he de disfrazarme de mendigo para arrastrarme por la ciudad en sus pasadizos más pestíferos y repugnantes, para untarme en las grescas de las prostitutas y en los mercados ilegales de armas, oro robado, desperdicios o sustancias mágicas. Para escuchar el susurro de la muchedumbre, las conversaciones de los estibadores y los cantos de sucios rapazuelos, decía mi padre mientras se ataviaba los peores jirones de la casa, dispuesto a meterse por las zonas más degradadas de la ciudad.

-Tratando de persuadirle anoté que nada original podía haber en ello: igual hizo un sultán Otomano hace siglos, anécdota de la cual Pamuk extrae la misma historia trillada de todas sus novelas sobre la suplantación y la crisis de identidad. Un periodista alemán (Günter Wallraff, “Cabeza de Turco”) se hizo pasar por inmigrante para conocer en carne propia la humillación; el gitano Tony Gatlif hizo una película para recordar sus años de niño pordiosero en Paris basándose en la novela de LeClezio (“Mondo”) y algún españolete anónimo productor de basuras best seller, se disfrazó de árabe (Antonio Salas, “el palestino”) queriendo “descubrir” las redes “terroristas” en América Latina-

Imposible persuadirle. Mi padre, más terco que una mula antioqueña, porfió en salir disfrazado de mendigo. Así que, ¡Arre Mula!, emprendimos nuestra alucinante aventura.

Bajo los puentes de una vía por donde pasara un ferrocarril nos topamos el mercado de los desechos y desechables. Allí se cotiza diariamente el precio de las chatarras, del cobre hurtado y de todo tipo de materiales inútiles y desperdicios que han de encontrar compradores y vendedores tras curiosas negociaciones. Centenares de seres (¿humanos?) malolientes adquieren por ínfimas monedas culitos de muñeca, prendas raídas, televisores sin pantalla, pelotas reventadas o platos quebrados que habrán de tener algún uso en sus vidas y alegrías. Mi padre, en una transacción evidentemente desventajosa, dio rienda a su manía de colectar discos viejos y se compró un L.P. averiado de Troilo con Piazolla por $1.000. También una edición del Quijote sin la mitad de las páginas por $500.

Únicamente con un aumento  en el valor del hierro en China o el desplome de cualquier mina de cobre en el desierto de Atacama y en este peculiar sitio los precios subirán hasta el cielo mientras decenas de hampones sin oficio se lanzarán a desvalijar la ciudad con consecuencias nefastas para su funcionamiento. En un rincón cochino de basuras y cagadas de perro reposa oxidada una enorme rueda Pelton, tres metros de diámetro, capaz de generar cargas electrizantes de energía.

Un hombre con la cara pegada a los huesos del cráneo ofrece públicamente cigarros de una sustancia que no es Tabaco por la módica suma de $1.000 (0.40 Euros, incomparable ventaja comparativa favorable a la exportación) y más allá algunos respetables se prestan a conducir el interesado a un sótano húmedo donde podrá comprar granadas, munición y fusiles AK-47. Primera gresca de prostitutas: se amenazan con puñales y se gritan zorras a sí mismas, entre todas y a nosotros. Vámonos, me dice papá.

Al paso alguno comenta bajo sus bigotes amarillosos que segar la vida de un semejante vale nada más que $100.000. Menos que una matrícula en la universidad o unos Nike auténticos Made in Vietnam. Tanto como un cachivache electrónico última generación.

Por la vía más tradicional de la ciudad irrumpimos todos los cafetines, los restaurantes y billares. Nos sacan a estrujones de la mayoría. “Esto acabará mal” pienso. En uno la gente mira fascinada por TV el regreso del Mesías  que porta un sombrero aguadeño y aprovechamos el descuido para sustraer una billetera. No hay dinero en ella, sólo facturas sin pagar y boletas de prendería. Y una estampita de la virgen de Guadalupe, que nos cobije en su eterna misericordia.

Levanto mi camisa mugrienta para mostrar una hipotética cicatriz de una cirugía impagable, con ello hacemos algunas monedas. “Dios le bendiga, La virgen la proteja, El señor se lo pague”. Algunos de mis antiguos maestros de secundaria no me reconocen y rehúsan mis ofrecimientos para que limpie escrupulosamente sus zapatos de cuero falso. Uno me brinda un cigarrillo, este sí de Tabaco, pero como casi me echan del colegio por fumar siento una vergüenza propia y ajena indescriptible.

Mi padre se ve obligado a recibir solicito las sobras de una señora gorda y grasienta que se ha dejado mordisqueado y baboseado el pan por todos sus costados. La señora no se va hasta que se lo coma, “No lo vaya a cambiar por vicio”. Comé papá, tirar la comida es pecado. No hay hambre más terrible que la del mendigo.

Creí ver la figura minúscula de mi abuelito fallecido, tan borrachín, que portaba fanegadas de monedas para repartir entre los harapientos pordioseros y los nietos, confiando que ello le daría la absolución eterna. Gran Comendador de los Creyentes: Alá tenga en su gloria a mis sabios y difuntos abuelitos.

Nos duelen las articulaciones. La policía nos ha zurrado y calentado las nalgas a golpes al interior de una comisaría. Dicen que fuimos nosotros los que quitamos el reloj de oro y diamantes a un prestigioso usurero que además es columnista de periódico. “El ya había atracado un hermano mío” dice mi padre “prestándole al 3% mensual”. Esto se les va hondo, han dicho los polis tras un puntapié. En un callejón ciego, el reloj hurtado está cotizándose con regateos y marrullerías por viejitos desagradables de sombrerito, zurriago y poncho que transan mutuamente relojes dañados, deudas y comisiones sobre negocios ajenos.

Nos arrojan al asfalto a medianoche, luego de unas horas de calabozo. Ahora papá ya no quiere ser pordiosero, porque en las noches fumigan mendigos como cucarachas a ráfagas de 9 milímetros. Quizá por eso las visiones comunes de los pordioseros recuerdan siempre estatuas petrificadas, cadáveres, monumentos a la pobreza inmóviles en medio del asfalto, tendidos rígidos mientras el vértigo urbano chorrea imparable por doquier.

Dormimos a la sombra de un cajero automático, con un zombi sin dientes que carbura polvo de ladrillo y habla cinco idiomas a la perfección y una hija de buen apellido que extravió el rumbo. Digo, con lo que queda de lo que fue la hija, y lo que quedaba de su apellido. No hay una noche más fría que la de los mendigos. El ruido infernal de los camiones y buses que pasan a 100 por hora, el hedor de los charcos de aceite y mugre, la mirada vaporosa de las alcantarillas abiertas como sexos vergonzantes, las luces fantásticas de los anuncios, el rumor en lontananza de las discotecas, el conversar de los chandosos sin dueño ni raza, me recuerdan que vivo en una ciudad: género particular de organización humana donde cada elemento cumple un fin determinado ajeno a sus intenciones o deseos, como en los más complejos entornos naturales. Por ello somos Civilizados, habitantes de la Civitas.

Sueño con LeClezio y su niño mugroso que mira la luna y habla con las estatuas de los parques, veo el gitano Gatlif y sus personajes desarraigados, errantes y humillados, y pienso en ese sultán Otomano que discurría en traje de limosnero por las calles de la hermosa Estambul escuchando las conversaciones de la gente sobre su ciudad, sus palacios y sobre él, su gobernante incógnito que oye el rumor de los bazares y la brisa del Bósforo.

Las campanadas de la Semana Santa, cierto tufillo a incienso y rastrojos quemados dan principio a una romería que nos trae a la luz nuevamente, resucitando la cristiana costumbre milenaria de fungir cual buenos samaritanos y ayudar al prójimo, es decir a nosotros: una recua de menesterosos y purulentos indigentes pregonamos nuestras dolencias en la plaza pública y los pórticos de las iglesias implorando el divino perdón, ante la indolencia general. Nos iba a tocar en suerte ejercer, al trepar el sol, una función crucial en la finalidad de las ciudades contemporáneas: la pulcra limpieza de los parabrisas de los coches, habitantes de mayor categoría dentro de la urbe.

Lo veis, también me disfrazaré de mendigo, como en los relatos de Sherezada y las novelas de Pamuk y las pesadillas de mi padre. Sabréis así qué es en verdad la vida, cuál es su sinsentido, su peso, su sabor áspero, su textura hiriente. Bajo un semáforo en rojo y esmerándome en ponerle el brillo que mi existencia nunca tuvo ni tendrá a un parabrisas suntuoso, vislumbré el semblante de las arribistas y edulcoradas hermanas de mi padre – ellas no nos reconocieron – escupiéndonos alguna humillación.

Narra un antiguo proverbio persa que la muerte es la más grande justiciera, fustiga tanto al rey como al mendigo. Si así fuese los soberanos no se disfrazarían para trasegar por la ciudad. Diré por tanto como el poeta Nazim Hikmet: Para que la muerte sea justa, ha de ser justa la vida.

También he sido rey o mendigo.

El primer poder

Quisiera que esto que voy a intentar estructurar tuviera algún valor; que sirviera de algo. Porque se nos están acabando las oportunidades de reflotar y embellecer aquello que otros crearon y que por momentos pareció tener algún futuro.

Puede que no nos queramos mover ni implicar en nada, soñando que eso que a los demás les está ocurriendo no nos va a ocurrir a nosotros, que por alguna razón somos tan especiales como para que las reformas laborales, de pensiones, de sanidad, impositivas, educativas, y otras, no nos afecten. O quizá pensamos que como somos independientes, no nos afectará la crisis que sí afecte a todos nuestros conciudadanos, o que somos muy mayores y ya poco nos puede afectar (si no tenemos familia es un planteamiento egoísta pero válido). Puede que incluso no tengamos opinión en lo que se refiere a las relaciones exteriores de nuestro país, o que no nos sintamos responsables de las muertes que produzca nuestro ejército. Tampoco nos afecta.

Todos sabemos que sí que nos afecta, otra cosa es que nos hayan incapacitado para asumir responsabilidades, o que no sepamos qué causa o movilización apoyar en la que nuestro mayor o menor esfuerzo esté bien invertido.

Parece poco provechoso apostar por temas puntuales y que afectan a un grupo concreto, y ciertamente en esos casos es verdad que aunque en el futuro pudiera afectarnos no haber ofrecido nuestro soporte, es una apuesta arriesgada jugar con nuestro escaso y necesario tiempo libre. Quizá con otros directamente no estemos de acuerdo. Pero hay uno que nos afecta a todos por igual: la información.

Voluntariamente, hasta en el lugar más recóndito del mundo, hemos ido adquiriendo e instalando el altavoz audiovisual que dicta los pasos y modas a seguir en todas las sociedades en cada uno de nuestros hogares. No en vano se conoce a esta época como la de la Sociedad de la Información.

Hemos abandonado el templo y altar desde el que cada domingo se marcaban las directrices conductuales, por una pléyade de neopárrocos a sueldo de las corporaciones y factorías de opinión. Y hemos multiplicado exponencialmente la capacidad de penetración y la facilidad de difusión del mensaje.

Es un bombardeo masivo e inmisericorde de adoctrinamiento de la modernidad cívica, desde donde se crean filias y fobias interesadas, y no solo con sermones, sino desde los espacios más inocentes, donde nos muestran cómo y dónde viven aquellos que son como nosotros y también los que son “mejores” y “peores”, para que nunca olvidemos que si se siguen las reglas podemos alcanzar el cielo, y si las rompemos… el infierno.

¿Pero quién decide los contenidos? Obviamente los dueños de esas corporaciones, que son a su vez garantes de su negocio y el modelo de Estado que lo sustenta.

¿Y las televisiones públicas? Es sencillo… si uno comprueba la porción de cuota de pantalla que dominan las cadenas privadas, podrá deducir que tienen poder para poner y quitar gobiernos manipulando a la población en contra o favor del que convenga. Por tanto el gobernante que quiera permanecer en su posición sabe que debe mantener ese statu quo de inacción fomentando el desinterés en las zonas donde existan esos grupos privados*.

Se discutió durante mucho tiempo si la programación que se ofrecía era la que la gente demandaba, o eran ellos mismos los que generaban la demanda. Parece que hoy día sólo es necesario echar un vistazo a cualquier dossier de mercadotecnia para comprobar que la televisión no es ajena al mercadeo.

Eso no quiere decir que una importante parte de la población no apreciara un cambio o incluso una reforma completa del modelo actual de contenidos. Hay que recordar que en 2008 el primer debate entre los dos máximos candidatos para alcanzar la Presidencia del Gobierno (una manipulación más), José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, logró reunir una audiencia media superior a los trece millones de telespectadores y una cuota de pantalla del 59,1%. y más de doce millones de ciudadanos estuvieron pendientes al menos un minuto del debate emitido por Antena 3 entre los número dos del PSOE y del PP al Congreso por Madrid, Pedro Solbes y Manuel Pizarro.

Imaginemos que en lugar de debates preparados, partidistas y absolutamente pactados, tomásemos por metafórico asalto nuestro derecho a elegir el tipo de información, sentásemos unas horas al mes a representantes del gobierno de turno frente a personas no condicionadas ni laboral ni económicamente por ningún grupo de poder, y pudiésemos presenciar un careo sin paños calientes… ¿de qué cuota de pantalla estaríamos hablando? ¿cuánta información que silencian los medios pasaría al dominio público? ¿cómo cambiaría eso la relación de la administración con la ciudadanía? ¿qué consecuencias tendría romper la hegemonía del pensamiento único? ¿tomarían las mismas medidas si tuvieran que dar cuenta pública de sus actos con regularidad frente a personas independientes?

¿Está muy bien verdad? Pues sólo hay que pedirlo incansablemente y en masa, y debemos lograr que todas las voces de los librepensadores con poder de difusión mayor o menor se centren en este proyecto concreto, pero sin disputas ni fisuras. Si todos nos implicamos de forma unánime seguro que valoran conceder algo tan justo y pacífico como fomentar el diálogo en previsión de males mayores si se niegan.

Si no adoptamos medidas y nos concentramos en un proyecto viable y concreto, seguiremos perdidos en nuestras atomizadas reivindicaciones y denuncias particulares y anónimas. Esas que jamás existirán porque lo que no aparece en los grandes medios, no existe excepto para un grupo casi numéricamente invariable y cíclico que sigue enquistado en la alterinformación queriendo cambiar el mundo sin llegar al mundo. Y así agotaremos nuestras fuerzas, que no son infinitas, mientras llegan otros que continúen nuestro calvario partiendo de cero.

Democra… ¿qué?

Dice el Diccionario de la R.A.E. Lo siguiente:

democracia.

(Del gr. d?µ???at?a).

1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

2. f. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

Y según la enciclopedia Wikipedia:

Democracia es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la “totalidad” de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo. En sentido estricto la democracia es una forma de gobierno, de organización del Estado, en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad a los representantes. En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales.

La definición no tiene trampa si nos centramos en su objeto.

¿Una sociedad en la que existan las elecciones y estas se celebren cada 40 años es una democracia? ¿no parece muy “democrático” , verdad? ¿y cada 4 es más democrático? ¿se adapta esto a la esencia de la definición de democracia o sólo a lo accesorio?

¿Una sociedad en la que el Jefe del Estado y Capitán General del ejército de la nación no haya sido elegido, y que además sea considerado inalienable e irresponsable ante la ley, tampoco? ¿no?

Artículo 56.

El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado Español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las Leyes.

Su título es el de Rey de España y podrá utilizar los demás que correspondan a la Corona.

La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65,2.

Y por qué digo que no ha sido elegido…

Es muy sencillo.

El miércoles 6 de diciembre de 1978 se celebró en España el referéndum por el cuál se planteaba a los españoles la aprobación o no de la nueva Constitución española de 1978 aprobada en las Cortes. La pregunta planteada fue “¿Aprueba el Proyecto de Constitución?”. El resultado final fue la aprobación del proyecto constituyente, al recibir el apoyo del 88,54 por ciento de los votantes. Teniendo en cuenta que al referendo acudieron a votar el 67,11 por ciento de los electores, el apoyo total de los censados al proyecto constitucional fue del 58,97%.

Dejando aparte el condicionamiento positivo que hubiera podido darse en un pueblo que salía de una dictadura de 40 años, la legitimidad que pueda tener una Constitución que fue rechazada por varios territorios, que tuvo más grupos políticos en contra que a favor, el posicionamiento favorable del mayor (y único) medio masivo de comunicación audiovisual (RTVE), el carácter consultivo y no vinculante de aquel “referéndum”… lo que se puede decir sin lugar a dudas, pues es un hecho: es que ningún ciudadano menor de 51 años ha tenido oportunidad de pronunciarse al respecto.

Y si no hemos podido elegir al Jefe del Estado (que es el jefe del ejército), ¿se cumple el sentido básico del término “democracia”?

Pero vayamos más allá.

Supongamos que no existe la figura inalienable, irresponsable y no sujeta a elección del monarca. ¿Si no podemos como ciudadanos cuestionar las decisiones políticas del gobierno durante toda una legislatura, se cumple con el precepto de democracia?

Pues en España se dan ambos casos, ni podemos elegir al Jefe del Estado, ni disponemos de herramientas legales para cuestionar o abortar las decisiones aprobadas durante el periodo legislativo.

¿Democracia en España? Que se dejen de bromas. Y a nosotros nos toca empezar a tomar las riendas de nuestra vida: especialmente a todos los menores de 51 años que jamás hemos podido decidir sobre qué modelo de Estado queremos.

Pero para ello hemos de recuperar la imparcialidad en los medios de comunicación públicos (que son nuestros) exigiendo lo que sí recoge esa constitución que la mayoría no elegimos en su artículo 20.

A firmar por nuestra soberanía:

Iniciativa Debate

¿Hay razones para creer?

Buenísimo

Discurso Gervasio Sánchez

Carlos Taibo -conferencia-

Me he tomado la libertad de pasar el archivo original de audio a un formato más amigable. Recomiendo encarecidamente la audición de esta conferencia; brillante e imprescindible.

Vestidos de Payasos…

Camilo de los Milagros para DPEH

Vestidos de payasos, de colores y guirnaldas; desvestidos otros y mal vestidos los más, muchachos y muchachas de las universidades colombianas salieron a la calle otra vez, por cientos de miles, para recomenzar una pelea contra el régimen. Una estridente y colorida batalla, con muchas ideas y sorprendentemente con pocos disturbios.


Ya se tardaban. En la última década luego del exterminio acelerado de sindicatos, sindicalistas y movimientos sociales, el desplazamiento forzado de millones de campesinos y la criminalización de cualquier intento de oposición de izquierda, sólo estudiantes e indígenas conservan un volumen de movilización importante en el país. Son el último resguardo de la dignidad. No se tardó en cambio el gobierno de Santos en aludir a ese fantasma tenebroso del establecimiento colombiano con el que se calumnia cualquier disensión al régimen invocando al macabro: “están infiltrados por las guerrillas”, de donde se deduce por lógica aristotélica que 1- o las guerrillas conservan suficiente poder como para movilizar a medio millón de personas contra el gobierno ergo la matazón de los diez últimos años no ha servido para nada o 2– es una mentira más de Santos para atacar un movimiento justo y legítimo que cuenta con la simpatía y el respaldo de sectores muy amplios de la población universitaria. O todas las anteriores.


Las multitudinarias movilizaciones –mayoritariamente pacíficas – revelan la inconformidad de la totalidad de estamentos universitarios así como de sectores que antes no se oponían al estado: universidades privadas, rectores e incluso la acomodada variedad burocrática de funcionarios y mandos medios, siempre tan arrodillados, quienes han visto amenazados sus intereses ante una reforma que promete entregar el sistema educativo al capital trasnacional, el todopoderoso amo y señor del siglo XXI, ese cartel mafioso, esa expresión sublime del crimen organizado internacional, como dijo E. Galeano.


¿No es un papel de cómicos, empecinarse en resistir los mandatos que las élites más poderosas de la historia y sus criollos asociados imponen sobre esta diminuta república tropical olvidada? ¿Produce rabia, frustración o risa la imagen de una muchacha enfrentada con una pistola de juguete a la maquinaria militar más asesina de América latina? ¿Se ríen de nosotros los Santos, los Chaar, los Lleras, los Bessudo, los Mehreg, los Santodomingo, los Holguín, los Uribe (los de Salgar, Antioquia), los Lloreda, los Ardila-Lülle, los Chaux, los… toda esa caterva de neo-aristocracias y buenas familias que detentan el control casi absoluto de tierras, aguas y gentes bajo este cielo? ¿Se ríen y burlan desde sus poltronas lujosas en los penthouses del Norte de Bogotá o Miami, de Bahréin o Cartagena de Indias?


Seguro que se ríen, aunque el papel de los payasos sea menos inofensivo de lo que parece: por algo destrozaron a tiros la sonrisa del humorista Jaime Garzón hace años o persiguieron y acosaron al genial Charles Chaplin en tiempos del anticomunismo y la guerra fría.


De cumpleaños, la policía le regaló a la Universidad Tecnológica y sus estudiantes una piñata completa, un arsenal de gases lacrimógenos, de balas de goma y de las otras, de garrotazos y patadas, al finalizar la movilización pacífica. Nuestra Universidad cumpleañera fue excepción nacional debido a los disturbios que, como en la Palestina ocupada, dejan ver la deshonrosa desproporción de las piedras contra las balas. Los policías por desgracia no iban vestidos de payasos sino de Robocops malvados y estos, se sabe, no hacen payasadas.


Casi ningún estudiante lo conocía o lo recordaba: se cumplen además 40 años del movimiento universitario más grande de la joven historia colombiana, la crisis universitaria de 1971. Recordemos la imagen, lejana ya, de más de cuarenta universidades en Huelga, un año seguido de conmoción y agitación, protestas multitudinarias, disturbios, cierres de universidades… un país ingobernable. La memoria obliga a decir que en 1971 el movimiento universitario se insurreccionó violentamente contra la injerencia imperialista extranjera. La Historia tiene sus burlas, sus payasadas, sus coincidencias: ese movimiento mítico, esa leyenda de la izquierda colombiana empezó con una huelga en Pereira y en la Universidad del Valle. Muchos de sus líderes y activistas – los que no fueron asesinados después – son quienes imponen como rectores y funcionarios las reformas y recetas mágicas del FMI y el Banco Mundial para salvar el sistema educativo colombiano, ¡Ah la Historia, la Historia! ¡Siempre tan juguetona!


Es así como cuatro décadas más tarde hemos llegado al mismo punto, hemos dado una espiral completa en los giros del desarrollo, para volver a entrar en contradicción con las mismas élites y los mismos pulpos imperiales que en ese entonces adecuaron y moldearon planes educativos, reformas e instituciones a su imagen y semejanza; los estudiantes vestidos de payaso hoy vuelven a decirle NO a un modelo que ni está al servicio de las mayorías ni en consonancia con los problemas reales de la nación colombiana.

Con los pitos y matracas, narices rojas y grandes zapatones, seguirá la fiesta. Hasta que perdamos la paciencia o la esperanza. Entonces los poderosos dejarán de reír a carcajadas.

FOTOS PEREIRA por Vlass Mamor (desdedelsur.blogspot.com) 1. Medellín, 2. Tunja, 3 – 7. Pereira.