Cuestión de dislexia

Camilo

Buscones y Rebuscadores

                  Después de un año desempleado, fuera de la Universidad y sin un peso en el bolsillo decidí dejar de escribir pendejadas este nuevo enero e irme a rebuscar la vida como todo colombiano de bien, es decir en la calle. Para ello se ofreció como “patrón” el Flaco Agonía, Gustavo Adolfo Salazar, un vendedor y comprador de discos en vinilo usados sobre la calle 19 a quien la prensa amarillista – y también la otra – de vez en cuando dedica crónicas  bautizándole como “el Rey de los acetatos”.

Durante quince años ocupando una fracción de metro y medio cuadrado del “espacio público” en la esquina de la 19 con carrera 9, el Flaco ha comerciado con esos objetos raros y anticuados que producen un leve sonido de fritanga (“romántico” según los entendidos) cuando la aguja del tocadiscos patina sobre su superficie horadada por infinidad de grietas y abolladuras, reproduciendo en un mecanismo más que asombroso para quienes nada sabemos de física, las melodías más cotidianas o exóticas, las más populares o selectas, en “versiones originales”. Desde el legendario y trillado Gardel que vino a morir sin culpa en Medellín hasta los psicodélicos Pink Floyd con su magistral Dark Side Of The Moon[1]; Shostakovitch o Beethoven en versiones excelentes, algún ejemplar en lenguas incomprensibles con la misteriosa música de los Magiares de Europa central o los Gitanos de Bucarest que atravesó el Mediterráneo y luego el atlántico para dar con la casa de cualquier coleccionista anónimo al que sus hijos subastaron los bienes tras reposar con una violeta en el ombligo.

Las “ganancias” en la pequeña “Cucho-teca” del Flaco Agonía se arrojan tras una ecuación bien simple: si ingresan por venta $40.000[2] se apartan $3.500 que pagarán la improvisada bodega donde se almacena la mayoría de la mercancía, un rincón de un parqueadero de motocicletas en el que están apilados entre el polvo y las cucarachas cinco millares de Long Play desordenados; $12.000 van para el prestamista “Gota a gota”[3] que desembolsó cualquier suma invertida en el negocio, $3.000 destinados a abonar la mensualidad o los servicios en la vivienda – que pertenece a las tías de Agonía –, $9.000 pagan una deuda con otro Gota a gota, $5.000 para Camilo por fungir de ayudante, $2.000 compran un pan por la noche y $4.800 en tintos y cigarrillos a lo largo de la jornada. De donde sobran exactamente $700, capital con el que Agonía comenzará el día siguiente de labor. Luego, todo hay que decirlo: si ingresa menos dinero Agonía queda empeñado y embargado, aullando como un perro. Si ingresa más, Agonía almuerza y cena copiosamente, se emborracha como un diablo, despilfarra jugando billar y le regala cualquier cosa a su novia Magda, una muchacha de Villa Santana tres décadas más joven que él.

La vida de Agonía (contrabandista en la Guajira en los mejores años del petróleo venezolano, un día se fue a pie hasta Panamá con la esperanza de llegar al norte y quedó detenido en Bocas de Cupe, vendedor de baratijas por los pueblos de la Costa Caribe, paisa culebrero y tomador de trago, comerciante con parvas y panes sobre una motocicleta con canasta en Pereira, finalmente especulador musical de discos viejos) me hace pensar en esos personajes de la literatura picaresca española que saltaron el océano hacia nuestra literatura pero antes que nada a nuestra realidad y allí se quedaron: los Buscones – hoy rebuscadores – que viven al diario, aventurando y deambulando, medio mercenarios, medio mendigos, medio ladrones, medio avispados; hoy comen mañana no, hoy trabajan en cualquier cosa mañana roban, a veces viven en harapos y después les sonríe la fortuna, hasta que algún día los sorprende la vida viejos y pobres como una casa de bareque.

Se atribuye la aparición de la picaresca española a una sociedad feudal en descomposición, llena de campesinos arruinados y de gentes miserables sin nada que hacer. Los pícaros, los buscones, los burladores, duchos en el arte del engaño y en ganarse los días de cualquier manera, en medio de una lucha feroz por la subsistencia, llenan narraciones clásicas del castellano como La vida del Buscón llamado don Pablos, El Lazarillo de Tormes, El Periquillo Sarniento (la primera novela escrita en América Latina) e incluso las páginas más lúcidas del Quijote. Según se cree, la expulsión de los moros de España – agricultores, ilustrados, cultos, paradójicamente avanzados, democráticos y tolerantes – dejó una sociedad en ruinas sepultada en una crisis permanente, en medio de profundas inestabilidades políticas y guerras que duraron hasta todo el siglo XIX; una sociedad opresiva donde el azar es ley, como bien se lee en las páginas de la picaresca.

Para los colombianos la picaresca es condición de su país. Desde los rebuscadores mayores del narcotráfico que describe Alfredo Molano[4], dispuestos a jugarse el pellejo por obtener la gloria del dinero cochino, hasta la infinidad de “profesiones” y “oficios” enlodados entre lo que las estadísticas oficiales definen con el eufemismo de “informalidad”: chatarreros y recicladores basuriegos, mercachifles ambulantes en mil y una baratija de distinta especie, atracadores y matones de medio pelo, prostitutas y coperas, jíbaros y expendedores de estupefacientes, malabaristas y músicos callejeros, comisionistas y estafadores, mendigos de cien pretextos y dolencias particulares, tratantes en verduras y segundazos, en hierbas mágicas o en relojes dañados, limpiadores de parabrisas o de zapatos, sujetos que cobran por hacer puesto en largas filas, carreteros y zorreros, o los consabidos engatusadores que andan de plaza en plaza y de pueblo en pueblo con una serpiente viva domesticada dentro del carriel contando cuentos: los culebreros. Cada cual le arranca la comida a la vida en cualquier profesión de un largo catálogo salido del realismo mágico, como mejor le convenga.

La nuestra es como aquella España del feudalismo descompuesto, una sociedad con un capitalismo podrido, abortado en sus mismos inicios. Un capitalismo mutante gobernado por entidades e instituciones que parecen tan exóticas en esta Colombia del caos y el vértigo como parece exótico un curandero del Putumayo con sus atuendos caminando el centro de París o Barcelona: las alcaldías, las gobernaciones, los “entes de control”, los policías persiguen a impulso de bolillo y disposiciones que terminan con las mismas palabras de las enmiendas reales – “comuníquese y cúmplase” – al comercio callejero, al rebusque diario y a la informalidad galopante y espantosa. No pueden contra ella, porque la única forma real de eliminarla es normalizando empleos e incorporando cada vez mayor mano de obra al sistema económico formal, todo lo contrario a lo que hace la industrialización, computarización, automatización y mecanización progresiva: expulsar cada vez más y más mano de obra calificada a la pesadilla del desempleo.

Allí me quedo yo, agazapado y receloso en esa casetica de aluminio donde la Alcaldía Municipal de Pereira reubicó al Flaco Agonía para que no obstruyera el “espacio público”, media cuadra arriba del sitio que ocupó quince años. Veo pasar ilustres personajes por la calle 19: politiqueros famosos, columnistas de periódicos locales o periodistas de televisión, hermosas vendedoras de café que me lanzan besos, ladronzuelos, negras coquetas de sensualidad africana, policías correteando vendedores ambulantes, mafiosos en camionetas vistosas, tiras del DAS que le cuidan las nalgas a algún “grande”, pedacitos de color púrpura por la acera del frente, milicos enfierrados como yendo para un golpe de estado y ancianos tiesos octogenarios que se acercan a comprar discos de Música Ecuatoriana en 33, 45 o 78 revoluciones por minuto, discos viejos, rastros obscenos del pasado que se desvalorizan en una relación inversamente proporcional al aumento del costo de vida. Pienso entonces que todos, absolutamente todos nos rebuscamos la vida, azarosa por esencia, tan sólo obligados a seguir caminos que no se asemejan, que disimulan para contradecirse. Mientras, Agonía aúlla porque no tiene todavía para pagar los Gota a gota ni para pagar mi salario de $5.000 y grita frenético el refrán que adorna su local: “Deténgase aquí mi Don, en el módulo que me donó la alcaldía, y escoja de este montón la más hermosa melodía… Atentamente cuchoteca Agonía”.  Palabras que riman bien con porquería y carestía, adjetivos que califican nuestra realidad social, y porque no, con melancolía, sentimiento penetrante que nos sumerge cuando empieza el crepitar íntimo de los discos viejos al sonar.


[1] El disco de Rock más vendido de la historia, suponía alguna revista hace años. Lo cierto es que es el más vendido del grupo y además – dato interesante – su ingeniero de sonido no fue otro que el propio Alan Parson, un genio del rock progresivo experimental.

[2] En Dólares aproximadamente 21 con 39 centavos, en Euros más o menos 16.

[3] El “Gota a gota” es un tipo de agiotista informal que presta sin mayores requisitos sumas moderadas a altísimos intereses usurarios – ilegales – del 7, 8, 10 y hasta 12 por ciento mensual. La forma de cobro usualmente depende de presiones, amenazas o atentados, ante la imposibilidad de recuperar el dinero legalmente.

[4] ALFREDO MOLANO BRAVO, “Rebusque mayor: relatos de mulas, embarques y traquetos”, El Áncora Editores, Bogotá, 2006.



Barak Obama y el realismo mágico

Camilo de los Milagros para DPEH

Que dios detrás de Dios la trama empieza,

De polvo y tiempo y sueño y agonías” Ajedrez, Jorge Luis Borges

No estarás dudando tú, que ese Osama que rima con Obama murió acribillado en una escena Hollywoodesca de película clase B hace dos semanas a media hora del corazón militar y administrativo de Pakistán, tras un operativo perfecto del cuerpo élite de las guerras de las galaxias. Ese Osama Bin Laden cuyo cadáver nunca visto, llorado ni olfateado por nadie, incorpóreo despojo mortuorio, sirvió para alimentar pececillos en los mares del Oriente por donde navegase hace siglos Simbad el Marino.

¿No te lo crees? así fue. No te creas tampoco que hubo una guerra en Irak, no, no en el 2003 –esa la vimos por TV – sino en los 90, esa guerra nunca existió, fue un simulacro, una representación. Ni murieron un millón iraquíes hace unos años. Esos misiles eran fuegos artificiales.

Tampoco creas que cayeron aplastadas las torres gemelas, de hecho nunca estuvieron allí, eran un holograma gigantesco de cien pisos, una proyección petrificada de las intangibles compañías de Wall Street que un día valen millones de millones y luego se esfuman hacia el lugar a donde van los niños muertos jamás bautizados. El mismo lugar adonde fue y de donde vino un avión terrorista que se estrelló contra el pentágono, jamás avistado ni encontrado por nadie igual que las armas de destrucción masiva de Saddam y el cadáver de Bin Laden.

¿Quién escribió el guión de esta monumental trama? El mismo de ese rescate cinematográfico, esa farsa de telenovela que sería el Jaque a la guerrilla en las selvas colombianas: el “engaño”[1] prodigioso a unos guerrilleros mansitos y sumisos que mordieron un anzuelo con estampas de la Cruz Roja Internacional y dejaron libre a la inescrupulosa Ingrid Betancur y a tres Neo-Rambos gringos que tampoco eran militares, ni combatientes, ni espías, sino inocentes padres de familia amantes de las series basura y las hamburguesas McDonald, pero un día cayeron inexplicablemente del cielo sobre la cordillera Oriental. Espías que no son espías y hamburguesas McDonald de carne que no es carne.

Ni te creas que los gringos perdieron la guerra del Vietnam ¿No te viste Rambo 3? Allí la ganan, sin bajas en sus filas.

¿Crees que existe Obama? Ese negro desteñido con maneras de tiranuelo, ese Niche de mentiras, mulato decolorado, debe ser un maniquí café claro movido por una supercomputadora perfecta enterrada kilómetros bajo tierra en algún Bunker de Oklahoma o Connecticut. El mismo lugar donde están enterradas las superbombas capaces de acabar con el planeta en un soplo. ¿Y qué? ¿Crees o no?

Si alguien supiera que Nerón ordenó el incendio de Roma mientras cantaba versos para culpabilizar y perseguir a los cristianos, si recordara el mundo que el Reichstag alemán ardió en llamas prendidas por los mismos Nazis que no tardaron un día en achacar el atentado a los comunistas, si acaso nos preguntáramos por qué no estaba ninguno de los judíos que trabajaba en las torres gemelas el día que se desplomaron, por qué los servicios secretos israelíes esperaban el suceso; ¡oh! si fuera coherente comprender porque los militares colombianos se ponen bombas a sí mismos en sus impenetrables guarniciones para luego cazar subversivos o por qué matan subversivos que después resultan no ser subversivos, tal vez comprenderíamos que ese Bin Laden de bellas barbas fue una figura de pantalla, un doble maquillado y filmado en el desierto de Nuevo México, como los astronautas yankees que sostuvieron la bandera de barras y estrellas ondeante y flamante en la Luna. Pero en la Luna, lo sabe cualquiera, no hay viento para ondear banderas. 

Tenía razón el irracional Baudrillard. Este mundo es un simulacro, una farsa de lo que ocurre, no ocurre u ocurrirá. ¿Y qué ocurre? Pues no lo sabemos ¿cuál es la frontera entre la verdad y la mentira? Ya decía bien Arundhati Roy que en el álgebra de la justicia infinita inventada por el imperialismo americano “la guerra es paz”.

Wikileaks podrá comprobar, en unos meses o años, que el verdadero Bin Laden era una figura de porcelana, o que era un viejito loco que comía las paredes de su casa de barro en Kandahar y hacía dineros de cuando en vez actuando como jefe terrorista en los reportajes de la CNN. ¿Qué importa? Quizá el huracán Katrina fue invocado por una Cabeza Mocha como la del Viento Fuerte de Miguel Ángel Asturias en venganza por los crímenes de las multinacionales bananeras. Puede que el negro desteñido Obama sea una copia inversa, un desdoblamiento maligno del espíritu haitiano poderoso del Reino de este mundo de Alejo Carpentier. ¿Será que es el antípoda de Changó el gran putas[2]? Probablemente se convierta en batracio por las noches.

Tal vez en su discurso del Nobel, Obama tenía que haber pedido que le expropiasen el premio de literatura a Gabito, el de 1982 que exaltaba el realismo mágico y la ficción extravagante latinoamericana, haberlo pedido para sí, autor inverosímil de todo este simulacro terrorista y de las más falaces de todas las verdades. Todavía podría enviar a los Navy Seals en un operativo fantasma para que sustrajesen el premio de la casa de García Márquez en la ciudad amurallada de Cartagena de Indias. O llegar con un turbante de corsario navegando una carabela, asediando la ciudad desde el mar a cañonazos. O enviar a las agencias secretas colombianas, que harían el trabajo gustosas. Celebraría en grande dando un discurso memorable desde Suecia, un discurso evidentemente, sobre la paz. Entonces, en el vuelo de regreso, el avión estallaría en mil pedazos y caería por los aires, como los personajes de Salman Rushdie, envuelto en llamas y con dos cuernos en la frente, con el color más blanco y más puro que un texano o un racista de Georgia, oliendo a pestes y excrementos, para refundar un Nuevo Orden de Maldad sobre la Tierra. Negro desteñido, autor de malas y criminales historias, pésimo actor de la sanguinaria vida real mentida mil veces por CNN y FOX NEWS, convirtiendo este planeta en el Hollywood del saqueo, la injusticia y la dominación.


[1] Ese “engaño” costó, según los propios jefes de las FARC y Wikileaks, un millón de Dólares.

[2] Changó el Gran Putas es una novela del negro colombiano Manuel Zapata Olivella, que recrea la figura mitológica del Dios africano Changó como la identidad rebelde de los negros del continente americano.