Cuestión de dislexia

Colombia

Buscones y Rebuscadores

                  Después de un año desempleado, fuera de la Universidad y sin un peso en el bolsillo decidí dejar de escribir pendejadas este nuevo enero e irme a rebuscar la vida como todo colombiano de bien, es decir en la calle. Para ello se ofreció como “patrón” el Flaco Agonía, Gustavo Adolfo Salazar, un vendedor y comprador de discos en vinilo usados sobre la calle 19 a quien la prensa amarillista – y también la otra – de vez en cuando dedica crónicas  bautizándole como “el Rey de los acetatos”.

Durante quince años ocupando una fracción de metro y medio cuadrado del “espacio público” en la esquina de la 19 con carrera 9, el Flaco ha comerciado con esos objetos raros y anticuados que producen un leve sonido de fritanga (“romántico” según los entendidos) cuando la aguja del tocadiscos patina sobre su superficie horadada por infinidad de grietas y abolladuras, reproduciendo en un mecanismo más que asombroso para quienes nada sabemos de física, las melodías más cotidianas o exóticas, las más populares o selectas, en “versiones originales”. Desde el legendario y trillado Gardel que vino a morir sin culpa en Medellín hasta los psicodélicos Pink Floyd con su magistral Dark Side Of The Moon[1]; Shostakovitch o Beethoven en versiones excelentes, algún ejemplar en lenguas incomprensibles con la misteriosa música de los Magiares de Europa central o los Gitanos de Bucarest que atravesó el Mediterráneo y luego el atlántico para dar con la casa de cualquier coleccionista anónimo al que sus hijos subastaron los bienes tras reposar con una violeta en el ombligo.

Las “ganancias” en la pequeña “Cucho-teca” del Flaco Agonía se arrojan tras una ecuación bien simple: si ingresan por venta $40.000[2] se apartan $3.500 que pagarán la improvisada bodega donde se almacena la mayoría de la mercancía, un rincón de un parqueadero de motocicletas en el que están apilados entre el polvo y las cucarachas cinco millares de Long Play desordenados; $12.000 van para el prestamista “Gota a gota”[3] que desembolsó cualquier suma invertida en el negocio, $3.000 destinados a abonar la mensualidad o los servicios en la vivienda – que pertenece a las tías de Agonía –, $9.000 pagan una deuda con otro Gota a gota, $5.000 para Camilo por fungir de ayudante, $2.000 compran un pan por la noche y $4.800 en tintos y cigarrillos a lo largo de la jornada. De donde sobran exactamente $700, capital con el que Agonía comenzará el día siguiente de labor. Luego, todo hay que decirlo: si ingresa menos dinero Agonía queda empeñado y embargado, aullando como un perro. Si ingresa más, Agonía almuerza y cena copiosamente, se emborracha como un diablo, despilfarra jugando billar y le regala cualquier cosa a su novia Magda, una muchacha de Villa Santana tres décadas más joven que él.

La vida de Agonía (contrabandista en la Guajira en los mejores años del petróleo venezolano, un día se fue a pie hasta Panamá con la esperanza de llegar al norte y quedó detenido en Bocas de Cupe, vendedor de baratijas por los pueblos de la Costa Caribe, paisa culebrero y tomador de trago, comerciante con parvas y panes sobre una motocicleta con canasta en Pereira, finalmente especulador musical de discos viejos) me hace pensar en esos personajes de la literatura picaresca española que saltaron el océano hacia nuestra literatura pero antes que nada a nuestra realidad y allí se quedaron: los Buscones – hoy rebuscadores – que viven al diario, aventurando y deambulando, medio mercenarios, medio mendigos, medio ladrones, medio avispados; hoy comen mañana no, hoy trabajan en cualquier cosa mañana roban, a veces viven en harapos y después les sonríe la fortuna, hasta que algún día los sorprende la vida viejos y pobres como una casa de bareque.

Se atribuye la aparición de la picaresca española a una sociedad feudal en descomposición, llena de campesinos arruinados y de gentes miserables sin nada que hacer. Los pícaros, los buscones, los burladores, duchos en el arte del engaño y en ganarse los días de cualquier manera, en medio de una lucha feroz por la subsistencia, llenan narraciones clásicas del castellano como La vida del Buscón llamado don Pablos, El Lazarillo de Tormes, El Periquillo Sarniento (la primera novela escrita en América Latina) e incluso las páginas más lúcidas del Quijote. Según se cree, la expulsión de los moros de España – agricultores, ilustrados, cultos, paradójicamente avanzados, democráticos y tolerantes – dejó una sociedad en ruinas sepultada en una crisis permanente, en medio de profundas inestabilidades políticas y guerras que duraron hasta todo el siglo XIX; una sociedad opresiva donde el azar es ley, como bien se lee en las páginas de la picaresca.

Para los colombianos la picaresca es condición de su país. Desde los rebuscadores mayores del narcotráfico que describe Alfredo Molano[4], dispuestos a jugarse el pellejo por obtener la gloria del dinero cochino, hasta la infinidad de “profesiones” y “oficios” enlodados entre lo que las estadísticas oficiales definen con el eufemismo de “informalidad”: chatarreros y recicladores basuriegos, mercachifles ambulantes en mil y una baratija de distinta especie, atracadores y matones de medio pelo, prostitutas y coperas, jíbaros y expendedores de estupefacientes, malabaristas y músicos callejeros, comisionistas y estafadores, mendigos de cien pretextos y dolencias particulares, tratantes en verduras y segundazos, en hierbas mágicas o en relojes dañados, limpiadores de parabrisas o de zapatos, sujetos que cobran por hacer puesto en largas filas, carreteros y zorreros, o los consabidos engatusadores que andan de plaza en plaza y de pueblo en pueblo con una serpiente viva domesticada dentro del carriel contando cuentos: los culebreros. Cada cual le arranca la comida a la vida en cualquier profesión de un largo catálogo salido del realismo mágico, como mejor le convenga.

La nuestra es como aquella España del feudalismo descompuesto, una sociedad con un capitalismo podrido, abortado en sus mismos inicios. Un capitalismo mutante gobernado por entidades e instituciones que parecen tan exóticas en esta Colombia del caos y el vértigo como parece exótico un curandero del Putumayo con sus atuendos caminando el centro de París o Barcelona: las alcaldías, las gobernaciones, los “entes de control”, los policías persiguen a impulso de bolillo y disposiciones que terminan con las mismas palabras de las enmiendas reales – “comuníquese y cúmplase” – al comercio callejero, al rebusque diario y a la informalidad galopante y espantosa. No pueden contra ella, porque la única forma real de eliminarla es normalizando empleos e incorporando cada vez mayor mano de obra al sistema económico formal, todo lo contrario a lo que hace la industrialización, computarización, automatización y mecanización progresiva: expulsar cada vez más y más mano de obra calificada a la pesadilla del desempleo.

Allí me quedo yo, agazapado y receloso en esa casetica de aluminio donde la Alcaldía Municipal de Pereira reubicó al Flaco Agonía para que no obstruyera el “espacio público”, media cuadra arriba del sitio que ocupó quince años. Veo pasar ilustres personajes por la calle 19: politiqueros famosos, columnistas de periódicos locales o periodistas de televisión, hermosas vendedoras de café que me lanzan besos, ladronzuelos, negras coquetas de sensualidad africana, policías correteando vendedores ambulantes, mafiosos en camionetas vistosas, tiras del DAS que le cuidan las nalgas a algún “grande”, pedacitos de color púrpura por la acera del frente, milicos enfierrados como yendo para un golpe de estado y ancianos tiesos octogenarios que se acercan a comprar discos de Música Ecuatoriana en 33, 45 o 78 revoluciones por minuto, discos viejos, rastros obscenos del pasado que se desvalorizan en una relación inversamente proporcional al aumento del costo de vida. Pienso entonces que todos, absolutamente todos nos rebuscamos la vida, azarosa por esencia, tan sólo obligados a seguir caminos que no se asemejan, que disimulan para contradecirse. Mientras, Agonía aúlla porque no tiene todavía para pagar los Gota a gota ni para pagar mi salario de $5.000 y grita frenético el refrán que adorna su local: “Deténgase aquí mi Don, en el módulo que me donó la alcaldía, y escoja de este montón la más hermosa melodía… Atentamente cuchoteca Agonía”.  Palabras que riman bien con porquería y carestía, adjetivos que califican nuestra realidad social, y porque no, con melancolía, sentimiento penetrante que nos sumerge cuando empieza el crepitar íntimo de los discos viejos al sonar.


[1] El disco de Rock más vendido de la historia, suponía alguna revista hace años. Lo cierto es que es el más vendido del grupo y además – dato interesante – su ingeniero de sonido no fue otro que el propio Alan Parson, un genio del rock progresivo experimental.

[2] En Dólares aproximadamente 21 con 39 centavos, en Euros más o menos 16.

[3] El “Gota a gota” es un tipo de agiotista informal que presta sin mayores requisitos sumas moderadas a altísimos intereses usurarios – ilegales – del 7, 8, 10 y hasta 12 por ciento mensual. La forma de cobro usualmente depende de presiones, amenazas o atentados, ante la imposibilidad de recuperar el dinero legalmente.

[4] ALFREDO MOLANO BRAVO, “Rebusque mayor: relatos de mulas, embarques y traquetos”, El Áncora Editores, Bogotá, 2006.



El Día de los Mendigos

Camilo de los Milagros para DPEH

Como un Califa del Bagdad de las Mil y Una Noches, gran Harún Al-Raschid comendador de los creyentes, YO también he de disfrazarme de mendigo para arrastrarme por la ciudad en sus pasadizos más pestíferos y repugnantes, para untarme en las grescas de las prostitutas y en los mercados ilegales de armas, oro robado, desperdicios o sustancias mágicas. Para escuchar el susurro de la muchedumbre, las conversaciones de los estibadores y los cantos de sucios rapazuelos, decía mi padre mientras se ataviaba los peores jirones de la casa, dispuesto a meterse por las zonas más degradadas de la ciudad.

-Tratando de persuadirle anoté que nada original podía haber en ello: igual hizo un sultán Otomano hace siglos, anécdota de la cual Pamuk extrae la misma historia trillada de todas sus novelas sobre la suplantación y la crisis de identidad. Un periodista alemán (Günter Wallraff, “Cabeza de Turco”) se hizo pasar por inmigrante para conocer en carne propia la humillación; el gitano Tony Gatlif hizo una película para recordar sus años de niño pordiosero en Paris basándose en la novela de LeClezio (“Mondo”) y algún españolete anónimo productor de basuras best seller, se disfrazó de árabe (Antonio Salas, “el palestino”) queriendo “descubrir” las redes “terroristas” en América Latina-

Imposible persuadirle. Mi padre, más terco que una mula antioqueña, porfió en salir disfrazado de mendigo. Así que, ¡Arre Mula!, emprendimos nuestra alucinante aventura.

Bajo los puentes de una vía por donde pasara un ferrocarril nos topamos el mercado de los desechos y desechables. Allí se cotiza diariamente el precio de las chatarras, del cobre hurtado y de todo tipo de materiales inútiles y desperdicios que han de encontrar compradores y vendedores tras curiosas negociaciones. Centenares de seres (¿humanos?) malolientes adquieren por ínfimas monedas culitos de muñeca, prendas raídas, televisores sin pantalla, pelotas reventadas o platos quebrados que habrán de tener algún uso en sus vidas y alegrías. Mi padre, en una transacción evidentemente desventajosa, dio rienda a su manía de colectar discos viejos y se compró un L.P. averiado de Troilo con Piazolla por $1.000. También una edición del Quijote sin la mitad de las páginas por $500.

Únicamente con un aumento  en el valor del hierro en China o el desplome de cualquier mina de cobre en el desierto de Atacama y en este peculiar sitio los precios subirán hasta el cielo mientras decenas de hampones sin oficio se lanzarán a desvalijar la ciudad con consecuencias nefastas para su funcionamiento. En un rincón cochino de basuras y cagadas de perro reposa oxidada una enorme rueda Pelton, tres metros de diámetro, capaz de generar cargas electrizantes de energía.

Un hombre con la cara pegada a los huesos del cráneo ofrece públicamente cigarros de una sustancia que no es Tabaco por la módica suma de $1.000 (0.40 Euros, incomparable ventaja comparativa favorable a la exportación) y más allá algunos respetables se prestan a conducir el interesado a un sótano húmedo donde podrá comprar granadas, munición y fusiles AK-47. Primera gresca de prostitutas: se amenazan con puñales y se gritan zorras a sí mismas, entre todas y a nosotros. Vámonos, me dice papá.

Al paso alguno comenta bajo sus bigotes amarillosos que segar la vida de un semejante vale nada más que $100.000. Menos que una matrícula en la universidad o unos Nike auténticos Made in Vietnam. Tanto como un cachivache electrónico última generación.

Por la vía más tradicional de la ciudad irrumpimos todos los cafetines, los restaurantes y billares. Nos sacan a estrujones de la mayoría. “Esto acabará mal” pienso. En uno la gente mira fascinada por TV el regreso del Mesías  que porta un sombrero aguadeño y aprovechamos el descuido para sustraer una billetera. No hay dinero en ella, sólo facturas sin pagar y boletas de prendería. Y una estampita de la virgen de Guadalupe, que nos cobije en su eterna misericordia.

Levanto mi camisa mugrienta para mostrar una hipotética cicatriz de una cirugía impagable, con ello hacemos algunas monedas. “Dios le bendiga, La virgen la proteja, El señor se lo pague”. Algunos de mis antiguos maestros de secundaria no me reconocen y rehúsan mis ofrecimientos para que limpie escrupulosamente sus zapatos de cuero falso. Uno me brinda un cigarrillo, este sí de Tabaco, pero como casi me echan del colegio por fumar siento una vergüenza propia y ajena indescriptible.

Mi padre se ve obligado a recibir solicito las sobras de una señora gorda y grasienta que se ha dejado mordisqueado y baboseado el pan por todos sus costados. La señora no se va hasta que se lo coma, “No lo vaya a cambiar por vicio”. Comé papá, tirar la comida es pecado. No hay hambre más terrible que la del mendigo.

Creí ver la figura minúscula de mi abuelito fallecido, tan borrachín, que portaba fanegadas de monedas para repartir entre los harapientos pordioseros y los nietos, confiando que ello le daría la absolución eterna. Gran Comendador de los Creyentes: Alá tenga en su gloria a mis sabios y difuntos abuelitos.

Nos duelen las articulaciones. La policía nos ha zurrado y calentado las nalgas a golpes al interior de una comisaría. Dicen que fuimos nosotros los que quitamos el reloj de oro y diamantes a un prestigioso usurero que además es columnista de periódico. “El ya había atracado un hermano mío” dice mi padre “prestándole al 3% mensual”. Esto se les va hondo, han dicho los polis tras un puntapié. En un callejón ciego, el reloj hurtado está cotizándose con regateos y marrullerías por viejitos desagradables de sombrerito, zurriago y poncho que transan mutuamente relojes dañados, deudas y comisiones sobre negocios ajenos.

Nos arrojan al asfalto a medianoche, luego de unas horas de calabozo. Ahora papá ya no quiere ser pordiosero, porque en las noches fumigan mendigos como cucarachas a ráfagas de 9 milímetros. Quizá por eso las visiones comunes de los pordioseros recuerdan siempre estatuas petrificadas, cadáveres, monumentos a la pobreza inmóviles en medio del asfalto, tendidos rígidos mientras el vértigo urbano chorrea imparable por doquier.

Dormimos a la sombra de un cajero automático, con un zombi sin dientes que carbura polvo de ladrillo y habla cinco idiomas a la perfección y una hija de buen apellido que extravió el rumbo. Digo, con lo que queda de lo que fue la hija, y lo que quedaba de su apellido. No hay una noche más fría que la de los mendigos. El ruido infernal de los camiones y buses que pasan a 100 por hora, el hedor de los charcos de aceite y mugre, la mirada vaporosa de las alcantarillas abiertas como sexos vergonzantes, las luces fantásticas de los anuncios, el rumor en lontananza de las discotecas, el conversar de los chandosos sin dueño ni raza, me recuerdan que vivo en una ciudad: género particular de organización humana donde cada elemento cumple un fin determinado ajeno a sus intenciones o deseos, como en los más complejos entornos naturales. Por ello somos Civilizados, habitantes de la Civitas.

Sueño con LeClezio y su niño mugroso que mira la luna y habla con las estatuas de los parques, veo el gitano Gatlif y sus personajes desarraigados, errantes y humillados, y pienso en ese sultán Otomano que discurría en traje de limosnero por las calles de la hermosa Estambul escuchando las conversaciones de la gente sobre su ciudad, sus palacios y sobre él, su gobernante incógnito que oye el rumor de los bazares y la brisa del Bósforo.

Las campanadas de la Semana Santa, cierto tufillo a incienso y rastrojos quemados dan principio a una romería que nos trae a la luz nuevamente, resucitando la cristiana costumbre milenaria de fungir cual buenos samaritanos y ayudar al prójimo, es decir a nosotros: una recua de menesterosos y purulentos indigentes pregonamos nuestras dolencias en la plaza pública y los pórticos de las iglesias implorando el divino perdón, ante la indolencia general. Nos iba a tocar en suerte ejercer, al trepar el sol, una función crucial en la finalidad de las ciudades contemporáneas: la pulcra limpieza de los parabrisas de los coches, habitantes de mayor categoría dentro de la urbe.

Lo veis, también me disfrazaré de mendigo, como en los relatos de Sherezada y las novelas de Pamuk y las pesadillas de mi padre. Sabréis así qué es en verdad la vida, cuál es su sinsentido, su peso, su sabor áspero, su textura hiriente. Bajo un semáforo en rojo y esmerándome en ponerle el brillo que mi existencia nunca tuvo ni tendrá a un parabrisas suntuoso, vislumbré el semblante de las arribistas y edulcoradas hermanas de mi padre – ellas no nos reconocieron – escupiéndonos alguna humillación.

Narra un antiguo proverbio persa que la muerte es la más grande justiciera, fustiga tanto al rey como al mendigo. Si así fuese los soberanos no se disfrazarían para trasegar por la ciudad. Diré por tanto como el poeta Nazim Hikmet: Para que la muerte sea justa, ha de ser justa la vida.

También he sido rey o mendigo.


Vestidos de Payasos…

Camilo de los Milagros para DPEH

Vestidos de payasos, de colores y guirnaldas; desvestidos otros y mal vestidos los más, muchachos y muchachas de las universidades colombianas salieron a la calle otra vez, por cientos de miles, para recomenzar una pelea contra el régimen. Una estridente y colorida batalla, con muchas ideas y sorprendentemente con pocos disturbios.


Ya se tardaban. En la última década luego del exterminio acelerado de sindicatos, sindicalistas y movimientos sociales, el desplazamiento forzado de millones de campesinos y la criminalización de cualquier intento de oposición de izquierda, sólo estudiantes e indígenas conservan un volumen de movilización importante en el país. Son el último resguardo de la dignidad. No se tardó en cambio el gobierno de Santos en aludir a ese fantasma tenebroso del establecimiento colombiano con el que se calumnia cualquier disensión al régimen invocando al macabro: “están infiltrados por las guerrillas”, de donde se deduce por lógica aristotélica que 1- o las guerrillas conservan suficiente poder como para movilizar a medio millón de personas contra el gobierno ergo la matazón de los diez últimos años no ha servido para nada o 2– es una mentira más de Santos para atacar un movimiento justo y legítimo que cuenta con la simpatía y el respaldo de sectores muy amplios de la población universitaria. O todas las anteriores.


Las multitudinarias movilizaciones –mayoritariamente pacíficas – revelan la inconformidad de la totalidad de estamentos universitarios así como de sectores que antes no se oponían al estado: universidades privadas, rectores e incluso la acomodada variedad burocrática de funcionarios y mandos medios, siempre tan arrodillados, quienes han visto amenazados sus intereses ante una reforma que promete entregar el sistema educativo al capital trasnacional, el todopoderoso amo y señor del siglo XXI, ese cartel mafioso, esa expresión sublime del crimen organizado internacional, como dijo E. Galeano.


¿No es un papel de cómicos, empecinarse en resistir los mandatos que las élites más poderosas de la historia y sus criollos asociados imponen sobre esta diminuta república tropical olvidada? ¿Produce rabia, frustración o risa la imagen de una muchacha enfrentada con una pistola de juguete a la maquinaria militar más asesina de América latina? ¿Se ríen de nosotros los Santos, los Chaar, los Lleras, los Bessudo, los Mehreg, los Santodomingo, los Holguín, los Uribe (los de Salgar, Antioquia), los Lloreda, los Ardila-Lülle, los Chaux, los… toda esa caterva de neo-aristocracias y buenas familias que detentan el control casi absoluto de tierras, aguas y gentes bajo este cielo? ¿Se ríen y burlan desde sus poltronas lujosas en los penthouses del Norte de Bogotá o Miami, de Bahréin o Cartagena de Indias?


Seguro que se ríen, aunque el papel de los payasos sea menos inofensivo de lo que parece: por algo destrozaron a tiros la sonrisa del humorista Jaime Garzón hace años o persiguieron y acosaron al genial Charles Chaplin en tiempos del anticomunismo y la guerra fría.


De cumpleaños, la policía le regaló a la Universidad Tecnológica y sus estudiantes una piñata completa, un arsenal de gases lacrimógenos, de balas de goma y de las otras, de garrotazos y patadas, al finalizar la movilización pacífica. Nuestra Universidad cumpleañera fue excepción nacional debido a los disturbios que, como en la Palestina ocupada, dejan ver la deshonrosa desproporción de las piedras contra las balas. Los policías por desgracia no iban vestidos de payasos sino de Robocops malvados y estos, se sabe, no hacen payasadas.


Casi ningún estudiante lo conocía o lo recordaba: se cumplen además 40 años del movimiento universitario más grande de la joven historia colombiana, la crisis universitaria de 1971. Recordemos la imagen, lejana ya, de más de cuarenta universidades en Huelga, un año seguido de conmoción y agitación, protestas multitudinarias, disturbios, cierres de universidades… un país ingobernable. La memoria obliga a decir que en 1971 el movimiento universitario se insurreccionó violentamente contra la injerencia imperialista extranjera. La Historia tiene sus burlas, sus payasadas, sus coincidencias: ese movimiento mítico, esa leyenda de la izquierda colombiana empezó con una huelga en Pereira y en la Universidad del Valle. Muchos de sus líderes y activistas – los que no fueron asesinados después – son quienes imponen como rectores y funcionarios las reformas y recetas mágicas del FMI y el Banco Mundial para salvar el sistema educativo colombiano, ¡Ah la Historia, la Historia! ¡Siempre tan juguetona!


Es así como cuatro décadas más tarde hemos llegado al mismo punto, hemos dado una espiral completa en los giros del desarrollo, para volver a entrar en contradicción con las mismas élites y los mismos pulpos imperiales que en ese entonces adecuaron y moldearon planes educativos, reformas e instituciones a su imagen y semejanza; los estudiantes vestidos de payaso hoy vuelven a decirle NO a un modelo que ni está al servicio de las mayorías ni en consonancia con los problemas reales de la nación colombiana.

Con los pitos y matracas, narices rojas y grandes zapatones, seguirá la fiesta. Hasta que perdamos la paciencia o la esperanza. Entonces los poderosos dejarán de reír a carcajadas.

FOTOS PEREIRA por Vlass Mamor (desdedelsur.blogspot.com) 1. Medellín, 2. Tunja, 3 – 7. Pereira.


¡Hinca el Pié, Sefardita!

Camilo de los Milagros para DPEH

Tío Bernardo aunque hijo del tatarabuelo Hipólito, que era un analfabeta con tierra entre las uñas, se pasó media vida buscándole abolengo a su sonoro apellido Hincapié. “Debe provenir de algún hidalgo peninsular, cualquier antiguo noble castellano” soñaba el tío Bernardo que nació en un terruño cerca a las montañas de Santuario, al cerro Tatamá, donde hay dantas con venados y jaguares en vez de ovejas y cabras; matas de café en cambio nada de olivares hispánicos.

El asunto se rastrea como toda genealogía, yéndose hacia atrás en los antepasados. El padre de Bernardo y del bisabuelo Gerardo – Lolo le decíamos – era Hipólito Hincapié, un tremendo montañero[1] que salió de Támesis, pequeño poblado en el suroeste de Antioquia a fines del XIX con otro hermano suyo. Dos hermanos Hincapié casados con dos hermanas de apellido Montes. Con una mano delante y otra detrás cargaron una recua de mulas, tumbaron selva en la cordillera occidental colombiana para hacerse a una hacienda cafetera muy próspera que bautizaron San Rafael. De eso más de un siglo. “Esos daguerrotipos del viejo Hipólito parecen más de un tozudo campesino iletrado que de un hidalgo” dije yo. “Calle la boca hijo” sentenció entonces la abuela que prosiguió su cuento: tío Bernardo conoció que la casta negociante de los Hincapié se había regado por las montañas cafeteras desde su origen en el pueblo de Támesis, así como la raza vil de los Ochoa viene de otro pueblo cercano llamado Jardín.

Entre archivos e indagaciones, búsquedas y averiguaciones de años, el tío Bernardo colmató un baúl antiguo completo de papeles, actas bautismales, crónicas y documentos putrefactos masticados de las ratas y la humedad del trópico. ¡Vean lo que descubrí! decía cada que aparecía alguna novedad. Hasta que un día misteriosamente no jodió más con el asunto y decidió sumergirlo en el olvido y la decepción.

– ¿Pero que descubrió el tío Bernardo para decepcionarse, abuelita?

– El tío Bernardo descubrió que habían orinado encima del tronco del árbol genealógico, porque el primer Hincapié que pisó América fue un judío Sefardita que huía de las persecuciones desatadas por los reyes católicos después de la expulsión de los moros.

– ¿Un judío Sefara Qué?

– ¡Sefardita hijo! o Sefardí. La rama de judíos más numerosa del Occidente de Europa y los Balcanes, de los que parece había muchos en España[2].

Con que por ahí es la cosa, me dije. Comprendí porque el primo Jaimito Hincapié (hijo de Martín que también era hijo de Hipólito) se hizo millonario a pesar de haber sido pobre cuando niño, a pesar de haber quedado huérfano durante la violencia y haber sido casi igual de iletrado que su abuelo Hipólito. ¡Qué destino el de esta América mestiza, ser el basurero de todo lo que cayó de Europa, además la prisión gigantesca de los negros africanos y la tumba de los indios antes soberanos!

– Lo que pasó fue que el primer Hincapié se casó con la hija de un cacique indio en la costa Caribe, recién desembarcado a la Nueva Granada, y como él no era capaz de pronunciar el apellido de ella, ni ella el de él, entonces quedó Hincapié, que era lo que más sonaba al de él o al de ella, al fin qué más da. Por eso Oscar mi hijo menor es tan buen negociante, porque llevamos sangre de judíos.

El tío Bernardo, como perfecto antioqueño, no quería ser descendiente de indios. Menos de judíos perseguidos, sino de caballeros castizos. Que iluso. Me aterré tan sólo de examinar la desierta posibilidad que en cambio podríamos ser como los Rothschild, esa ralea mezquina de banqueros y usureros dueños del mundo.

A pesar de todo, mi abuela no alcanzó antes de morir a dimensionar las implicaciones de llevar un apellido mestizo estrictamente americano, apellido que nació en la confusión de elementos tan disímiles como el nombre del judío fugitivo y del cacique indio. Lo único que pensaba era que los judíos son malos porque vendieron a Cristo; “pero Cristo era un Judío más, abuela”, “¡peor, Igual lo vendieron!”. Tamaño problema conceptual: pensar en buenos cristianos antes de Cristo.

Estas implicaciones nos dicen que somos otra condición diferente de Europa, sin embargo lustros pasaron desde que no somos la América indígena con que tropezaron por casualidad hace cinco siglos los europeos. Una especie nueva, un género autóctono con retazos de todo, con tantas y tantas sobras del viejo mundo. ¡Y Simón Bolívar pensaba ingenuo que éste basurero sería la “esperanza” del universo!

Cualquier intento de comprender el futuro de los pueblos americanos parte del comienzo de comprender su pasado. Sin idealizaciones, sin mistificaciones, eludiendo lugares comunes, petrificados ídolos de plazoleta que mienten sobre nuestra realidad. La unilateralidad indigenista, a veces fruto del desconocimiento de las propias culturas originarias, puede ser tan sesgada como aquella devoción ciega y enfermiza hacia Occidente que han profesado durante siglos nuestras clases dominantes.

Como los turcos que se sienten desgarrados entre dos continentes, a la mitad del atávico Oriente misterioso y el Occidente racional, nosotros nos observamos ante un espejo roto en minúsculos pedazos, con pocas claridades sobre nuestra esencia. Puede entonces que nuestra identidad sea la incertidumbre y la contingencia, precisamente esa indefinición formidable y dispersa, esa fragmentación de tantos trozos opuestos ligeramente unidos por el azar histórico del devenir americano: un continente que quedó a medias en todo.

Claro que además hay otras implicaciones de esta genealogía Hincapié: linaje espurio del Sefardita fugitivo, que hizo del bonachón y toma trago Jaimito Hincapié un millonario, de mi tío Osquitar un sagaz negociante y a mí, con esta cara de mártir Palestino que luzco, me condujo a enamorarme hace años sin remedio de otra judía errante, de ojos penetrantes y sonrisa cautivadora, no obstante ese cuento creo que no lo alcanzo a confesar…

FOTOS: 1- El tío Osquitar A. Hincapié, 2- los tatarabuelos Hipólito Hincapié y María Engracia Montes, 3- Jaimito Hincapié, 4- los bisabuelos Adela Loaiza y Gerardo Hincapié, y la abuela Melba Hincapié. Nótese la recurrencia en los ojos rasgados (herencia de la india) y en la nariz de Judío (herencia del Sefardita)

 


[1] Montañero no es alpinista. Significa venido de lo más profundo de la montaña, es decir, del subdesarrollo, del atraso, de la ruralidad aplastante: Montañero, aldeano, labriego.

[2] La mayoría de Sefarditas que no adoptaron el cristianismo emigraron tras las persecuciones en España: algunos hacia América pero en un porcentaje mayoritario hacia los Balcanes, el Norte de África y el Oriente Próximo. Gracias a ello en algunas zonas del Oriente y de los Balcanes se cultivó hasta el siglo XIX una variante particular de la lengua española: El Judeoespañol o Ladino, lengua que creo debe estar en desuso hoy día.

 


Noticia de un feliz Aniversario

Camilo de los Milagros para DPEH

50 años. No son ni una brizna en la vida del Universo. Siquiera un fragmento de segundo en la Historia humana. 50 cumple la Universidad Tecnológica de Pereira, la gloriosa dónde empezó en 1971 la Huelga de Universidades más contundente de nuestro pasado (¡tiempos aquellos!).

A través del retorcido TV miro las imágenes de este aniversario frívolo y parroquial: discursillos repletos de palabras barrocas y manieristas, sonrisillas hipócritas, copetes de gallo, ricachones arrugados embutidos en trajes costosos y feos. La “gesta” (esa palabrita tan paisa, carajo) de una institución pensada para la libertad. Tamaña idealización, reconstrucción descarada de la historia y la realidad supone que el “visionario” Jorge Roa – el primer rector y fundador de la UTP – se adelantó al Plan Atcon impuesto por el gobierno Norteamericano y se “inventó” una Universidad que no sería ni completamente técnica ni completamente especializada, es decir tecnológica. Lo mismo que ya otros se “inventaban” por la misma fecha en la Tecnológica del Chocó, en la U. del Valle, en la Tecnológica y Pedagógica de Tunja. Doctrina que Alfredo Molano recordaba hace tiempo con motivo de las protestas universitarias de 2008: Los estudiantes latinoamericanos no necesitan aprender demasiado ¿para qué enseñarles tanto?

Recordamos una historia plagada de rosas y buenas intenciones, de éxitos y “grandes logros”. Principalmente bajo los últimos diez años, regida por un prócer de la región que alguna vez fuera visceral izquierdista legal, luego traficante de oro y contrabandos, después gerente de las Empresas Públicas Pereiranas, candidato frustrado y fracasado a la Alcaldía, finalmente, el esclarecido por la providencia o el devenir infinito del Universo para mandar cuatro períodos consecutivos la Universidad más grande de la región convertida en su feudo personal, su hacienda ganadera. Hoy con 14.000 novillos y terneras, aproximadamente 300 vacas sagradas intocables, el resto por subcontratación y hora cátedra.

Allí estaban sentados, como no, los Rectores de las últimas cuatro décadas o sus parientes: El inteligente profesor Ossa (“Ossa, Ossa, Ossa, rectoría mentirosa”), La viuda del Doctor Guzmán a quién los estudiantes pintaban el apellido en las paredes con una cruz gamada en lugar de la Z, el ex-rector Gabriel Jaime Cardona que expulsó una veintena de alumnos opositores en 1982, el burgués adinerado y poderoso Juan Guillermo Ángel que hace dos años propuso al Consejo Superior Universitario la solución final para acabar con las huelgas y protestas universitarias: echar a la calle 300 muchachos revoltosos como escarmiento.

Unos se condecoraban a otros. El inútil Alcalde de la Municipalidad, Israel Londoño, condecoró al Rector Luis Enrique Arango, después el rector Arango condecoró al Alcalde, luego el rezandero Gobernador Tamayo condecoró a Arango y Arango a su vez condecoró a otros más justo antes que el corrupto senador Uribista Soto lo volviera a condecorar a él, para dar paso a otra condecoración que había enviado la Ministra de Educación, y unas cuantas cruces de Boyacá, Cruz de Oro Simón Bolívar, Medalla al Supremo Mérito Mediocre, Máxima Distinción Rotaria, así como otras y otras más.

Don Luis Enrique a quien cariñosamente llamaremos Don kike, con más medallas, embelecos y condecoraciones que un general del Ejército Soviético, sonreía mostrando sus arrugas y su mirada de mofeta apestosa, sus ojos de viejo zorro traicionero, en tanto unas proclamas y peroratas que parecían escritas por el difunto Silvio Villegas, por papá Fernando Londoño o por cualquier digno continuador de la poética Greco-Quimbaya, presumían de la “hidalguía” del señor rector, de los “caros” esfuerzos que supone adoctrinar generaciones tras otras, de los “nobles” intereses, del “tesón y la templanza” necesarias para lavar el cerebro, de bla, bla, bla.

Allí estaba una vaharada de burócratas, funcionarios oxidados y manzanillos bien perfumados, sanguijuelas del pueblo Colombiano, aplaudiendo emocionadamente, puerilmente. Me temo que una vez por siglo, pero solamente una vez por siglo Señor Mío, el mundo escupe algún burócrata de valor como Franz Kafka o Juan Rulfo. Todos los demás parecen empeñados en cobrarnos un millón de veces el infortunio de no pertenecer a su rosca mediocre, a su diplomática cofradía de llamadas telefónicas, disculpas mentirosas y escritorios derrumbados entre folios y papeleos.

Allí estaba la rancia aristocracia Pereirana, alabando con una ignorancia soberbia el Carmina Burana que amenizó la fiesta, canto profano que el Nazi Carl Orff desenterró en una abadía medieval, lleno de obscenidades e insultos en Latín y Alemán antiguo que escandalizarían – si lo comprendieran – a cualquiera de las encopetadas señoras presentes.

¡Fiesta señores y señoras, respetables damas, queridos comensales! Tras cincuenta años hay victoria del Capital sobre los humillados y ofendidos, medio siglo de mentes sumisas, de negocios jugosos con la educación universitaria, cada día más impresionantes y lucrativos, en una ciudad agobiada por la miseria y el desempleo. Medio siglo con un proyecto privatizador victorioso, medio siglo de subastar y rematar la Educación Pública colombiana. El ICETEX, instituto que desangra a través de créditos y usuras las intenciones de formarse de miles y miles de jóvenes colombianos pobres, también envió condecoraciones para Don Kike.

Allí estaban además los estudiantes desaliñados, pasando inocentes como borreguitos al lado del cortejo. Hasta el Blog de la Asamblea Estudiantil cayó en el entusiasmo de la fiesta y publicó las programaciones oficiales, que incluían una parranda macondiana pagada con platas públicas. ¡Fiesta coño, que es la misma Universidad que nada dice cuando amenazan de muerte a sus discípulos, la misma que prohibió las clases hace apenas unos semestres a cinco líderes estudiantiles, la que abre gustosa sus puertas a la bota militar!

¿Acaso la Policía Secreta o el Ministerio de Guerra no enviaron también sus condecoraciones? Imposible saberlo amiguitas y amigos, la nausea me poseía, en un intento por aligerar mi odio profundo, mi instinto de colombiano furioso, agarre el TV a totazos vociferando “¡Nunca serás Alcalde de Pereira Kike, N-U-N-C-A!”, en ese justo minuto empezaba a hablar… ¡¡¡El mismísimo Nuncio Apostólico también presente!!! Con su castellano medio Italiano medio Francés medio Provenzal, dijo que era preciso calcinar los homosexuales – no los curas pederastas – en el infierno, pero yo no oía nada más. Sólo vomitaba. Una y otra vez, vomitaba.




Sin la emoción apretada por dentro

De Camilo de los Milagros para DPEH

(En Noviembre de 1985 un comando de 30 guerrilleros del extinto Movimiento 19 de Abril se tomó el Palacio de Justicia Colombiano, sede de la Corte Suprema y la Corte Constitucional, con el ánimo de realizar un “juicio público” e interponer una “demanda armada” en contra del gobierno conservador de Belisario Betancur. La respuesta de Belisario fue una brutal operación de retoma que acabó tras 27 horas de bombardeos con un saldo de más de 100 muertos y más de una decena de desaparecidos, entre ellos los guerrilleros. Hasta el día de hoy no hay claridad sobre el hecho, quedando impune, sepultado en el ostracismo por todos los derechistas gobiernos colombianos. Hasta ahora,  ha vuelto a ser sujeto de la opinión pública y como sucede siempre, puja entre derechas recalcitrantes e izquierdas timoratas y asustadizas. El punto más sensible siguen siendo los civiles y guerrilleros desaparecidos, que no aparecen y habría que llamar como dice la canción de Rubén Blades Con la emoción apretada por dentro...)

Sin la emoción apretada por dentro

Que el monje cruzado que tiene esta república banana por procurador haya decidido juzgar y condenar a los guerrilleros desaparecidos en la toma del Palacio de Justicia no tiene nada de peculiar o significativo. Después de considerar los ovarios femeninos como un asunto de Estado, de exorcisar homosexuales y de perseguir a la senadora más valiente que ha tenido el país en cien años esperaríamos hechos más contundentes. El acto singular de abrir procesos judiciales para escarmentar a los opositores políticos – desaparecidos – de hace un cuarto de siglo, está en coherencia con lo que hizo la Inquisición y la Contrarreforma española a los Protestantes y Judíos que no se convirtieron al catolicismo: quemarlos vivos, y a los que habían muerto años atrás desenterrarlos para quemar sus huesos.

El procurador Ordóñez, admirador y súbdito del vetusto Rey de España, miembro emérito del Opus Dei (la comunidad religiosa de laicos más retrógrada y reaccionaria del orbe católico, que apoyó irrestrictamente la dictadura franquista en España y a la que pertenece además nuestro ex presidente Uribe) grandulón como un menso monaguillo que rezara aburridos rosarios por las tardes con un ceceo exasperante, también debe ser seguro admirador de los antiguos inquisidores de Cartagena y Cádiz con sus máquinas de tortura y sus mazmorras.

El problema es que abriendo procesos contra los guerrilleros que emprendieron la toma al Palacio de Justicia se rompe un acuerdo medio tácito, medio explícito, que existía entre los sectores herederos del M-19 hoy legales y la derecha colombiana. Tal acuerdo echaba tierra al asunto pretendiendo olvidar el error demencial del grupo guerrillero y los terribles crímenes del Estado al “retomar” el Palacio. Ordóñez rompe ese acuerdo por el peor costado: los guerrilleros desaparecidos.

Y lo hace con una insolencia que lleva al desparpajo, al cinismo descarado: ¿Cómo considerar culpables de todo el hecho a quienes en realidad fueron víctimas finales de un crimen de Estado? Porque contrario de lo que proclaman a los cuatro vientos todos los medios, las culpas en el asunto del Palacio tienen magnitudes muy diferentes. Una de esas implicaciones supone que el Estado como garante de derechos no debería (¡Ay!) violarlos. Que se sepa, la guerrilla no firma tratados internacionales, ni se adjudica para sí la legalidad y la defensa de las instituciones o la justicia (aunque el M-19 intentó hacerlo ingenuamente durante la toma).

De allí la terrible incongruencia: que los militares hayan sido, en palabras del comandante guerrillero hoy desaparecido “negro” Jacqim, quienes se tomaron realmente el Palacio de Justicia para destruirlo, y que las víctimas finales– que entre otras cosas los militares se rehúsan a confesar dónde fueron a parar – acaben siendo culpables del crimen.

No se sabe todavía donde están los desaparecidos, entre ellos los guerrilleros torturados y asesinados fuera de combate que el procurador insiste en condenar. A pesar de ello, TODO EL PAÍS sabe quiénes son y dónde están los culpables de las desapariciones pero para ellos no hay reprensión. Porque en Colombia hay crímenes diferenciales, hay vidas que valen y otras que no: leyes para los de ruana, leyes y plomo. Una justicia algebraica aprendida de los Nazis y del imperialismo Americano.

Júzgalos pues, monaguillo rabioso, a ver si por fin aparecen. De lo contrario llámalos sin la emoción apretada por dentro, con el rosario haciendo de horca, para terminar de una vez esta masacre democrática que empezó en 1985: quemarás los restos anónimos de los opositores políticos que faltan, porque a los otros ya los quemó vivos el General Plazas Vega dentro del mismo Palacio, hace 25 años, con las bombas Made in Usa que Belisario escuchaba alegre  leyendo poemas de Cavafis y nosotros veíamos estallar gritándonos lo que faltaba por venir: la inquisición que ahora llega.



El último Mohicano

De Camilo de los Milagros para DPEH

Alguna vez oí decir que Alfonso Cano comparó las FARC con “Los Últimos Mohicanos” de América. En broma o en serio quizá, el máximo líder político de la guerrilla más vieja de este continente que alguna vez fuera subversivo, aludía a la novela de James Fenimore Cooper sobre aquellos indios de los Bosques Orientales de Norteamérica que poco a poco se quedan aislados, atacados y perseguidos hasta su desaparición.

La actual disyuntiva de la guerrilla colombiana se convierte en una sátira cruel y sanguinaria confirmando las palabras de Cano: efectivamente, después de soportar durante una década la que bien puede tenerse como la ofensiva militar más devastadora que conociera América Latina en un siglo, el intelectual Cano que un tiempo fuera vigoroso líder estudiantil y luego hombre cercano a los insurgentes de Marquetalia, el intransigente comandante barbudo – “terrorista filósofo” lo llamaba Uribe – a sus 60 años se queda sólo frente a un ejército de campesinos rebeldes, como el Último Mohicano de las cordilleras y selvas del Sur. Nadie cree, nadie quiere creer ya, en tal presagio de revolución. Al tanto, las FARC, cometiendo errores tras otros, se enclaustran a sí mismas política y militarmente en lo profundo del monte. No es difícil presentir su destino.

“Negocia o lo aniquilamos” fue la promesa de Santos, amenaza infructuosa contra la insurgencia repetida por todos los gobiernos anteriores, que la oligarquía no ha podido cumplir desde el lejano 9 de Abril de 1948 debido a sus propias limitaciones. Una, la renuencia de los terratenientes y grandes capitalistas colombianos a hacer concesiones de ningún tipo a los grupos guerrilleros. Otra, la imposibilidad de acabar a la brava con las guerrillas, que crecen espontáneamente, naturalmente, en el miserable campo colombiano.

El inconveniente fundamental de Cano y su movimiento es el rezago teórico tremendo de la izquierda (en este caso la izquierda en armas) incapaz de comprender los nuevos fenómenos que enrarecen el mundo y la sociedad. Hace décadas Colombia dejó de ser un país rural y campesino, argumento poderoso contra el esquema guerrillero usado por las FARC, para citar sólo un ejemplo. Con viejas tácticas contrainsurgentes el Estado Colombiano apoyado por los EU lleva años secándole el agua a pez,desalojando vastas áreas rurales a fuerza de masacres, desplazamientos y fumigaciones. Las guerrillas, ahogadas en el aislamiento, se quedan lentamente sin base. Debe estar escrito en algún manual de la CIA, porque es la misma táctica usada en las “Aldeas Estratégicas” del Vietnam o la actual “Operación Cacería Verde” contra los maoístas en India.

La encrucijada de Cano será escueta y precipitada: aceptar una “negociación” que realmente es capitulación o negarse a negociar, empecinado en resistir en contra de todo y de todos. Una campaña quijotesca, descabellada si se tiene en cuenta que la victoria cada día está más lejos.

En el primer caso creo que pasaría lo de siempre, el incumplimiento de las clases dominantes a sus promesas y el asesinato de los líderes insurgentes desmovilizados. Así llevaron al matadero a Rafael Uribe Uribe a principios del XX, Guadalupe Salcedo en los 50, a los hermanos Calvo en los 80, a Pizarro Leon-gómez en los 90…

En el segundo caso a Cano le espera otra muerte probable, pero en combate. Escribir esto en Colombia puede costarle la vida o la libertad a cualquiera, sin embargo es una verdad de a puño imposible de eludir, una evidencia innegable aun para quienes no simpatizamos con las FARC: la intransigencia de Cano, su renuencia a entregarse a la aristocracia más rancia y criminal de América, esa testarudez de guerrillero vencido aunque invencible igual a la de su mentor Tirofijo, que anhelaba la victoria o la muerte como el Ché Guevara, constituyen sin duda el arma más poderosa de esta guerra. La más poderosa claro, porque pueden matarse guerrilleros, aplastarse rebeliones enteras y aun así, sentenciaba Gillo Pontecorvo en Queimada, convertidos en mitos se hacen inmortales. Si Alfonso Cano elige morir de pié será una leyenda más de la revolución – ¿fracasada? ¿Derrotada? ¿Inconclusa? – latinoamericana. Una leyenda invicta como Camilo Torres y Sandino. La última leyenda, la que cerraría el convulsionado siglo XX. Puede que el Presidente Santos lo intuya, por eso busca negociar innecesariamente con una guerrilla casi derrotada: para arrebatarle hasta el último trozo de dignidad, para desarmarla además moralmente.

Cano el intransigente, con fama de íntegro y rígido, guerrillero sagaz, conoce bien su disyuntiva. También puede – todo es posible al fin y al cabo – que se muera de viejo peleando en las montañas colombianas, como Tirofijo, como Jacobo Arenas, como el español Manuel Pérez. De viejo y con la moral intacta: la muerte más improbable pero increíblemente frecuente en nuestro país, para un comandante guerrillero.