Cuestión de dislexia

¡Hinca el Pié, Sefardita!

Camilo de los Milagros para DPEH

Tío Bernardo aunque hijo del tatarabuelo Hipólito, que era un analfabeta con tierra entre las uñas, se pasó media vida buscándole abolengo a su sonoro apellido Hincapié. “Debe provenir de algún hidalgo peninsular, cualquier antiguo noble castellano” soñaba el tío Bernardo que nació en un terruño cerca a las montañas de Santuario, al cerro Tatamá, donde hay dantas con venados y jaguares en vez de ovejas y cabras; matas de café en cambio nada de olivares hispánicos.

El asunto se rastrea como toda genealogía, yéndose hacia atrás en los antepasados. El padre de Bernardo y del bisabuelo Gerardo – Lolo le decíamos – era Hipólito Hincapié, un tremendo montañero[1] que salió de Támesis, pequeño poblado en el suroeste de Antioquia a fines del XIX con otro hermano suyo. Dos hermanos Hincapié casados con dos hermanas de apellido Montes. Con una mano delante y otra detrás cargaron una recua de mulas, tumbaron selva en la cordillera occidental colombiana para hacerse a una hacienda cafetera muy próspera que bautizaron San Rafael. De eso más de un siglo. “Esos daguerrotipos del viejo Hipólito parecen más de un tozudo campesino iletrado que de un hidalgo” dije yo. “Calle la boca hijo” sentenció entonces la abuela que prosiguió su cuento: tío Bernardo conoció que la casta negociante de los Hincapié se había regado por las montañas cafeteras desde su origen en el pueblo de Támesis, así como la raza vil de los Ochoa viene de otro pueblo cercano llamado Jardín.

Entre archivos e indagaciones, búsquedas y averiguaciones de años, el tío Bernardo colmató un baúl antiguo completo de papeles, actas bautismales, crónicas y documentos putrefactos masticados de las ratas y la humedad del trópico. ¡Vean lo que descubrí! decía cada que aparecía alguna novedad. Hasta que un día misteriosamente no jodió más con el asunto y decidió sumergirlo en el olvido y la decepción.

– ¿Pero que descubrió el tío Bernardo para decepcionarse, abuelita?

– El tío Bernardo descubrió que habían orinado encima del tronco del árbol genealógico, porque el primer Hincapié que pisó América fue un judío Sefardita que huía de las persecuciones desatadas por los reyes católicos después de la expulsión de los moros.

– ¿Un judío Sefara Qué?

– ¡Sefardita hijo! o Sefardí. La rama de judíos más numerosa del Occidente de Europa y los Balcanes, de los que parece había muchos en España[2].

Con que por ahí es la cosa, me dije. Comprendí porque el primo Jaimito Hincapié (hijo de Martín que también era hijo de Hipólito) se hizo millonario a pesar de haber sido pobre cuando niño, a pesar de haber quedado huérfano durante la violencia y haber sido casi igual de iletrado que su abuelo Hipólito. ¡Qué destino el de esta América mestiza, ser el basurero de todo lo que cayó de Europa, además la prisión gigantesca de los negros africanos y la tumba de los indios antes soberanos!

– Lo que pasó fue que el primer Hincapié se casó con la hija de un cacique indio en la costa Caribe, recién desembarcado a la Nueva Granada, y como él no era capaz de pronunciar el apellido de ella, ni ella el de él, entonces quedó Hincapié, que era lo que más sonaba al de él o al de ella, al fin qué más da. Por eso Oscar mi hijo menor es tan buen negociante, porque llevamos sangre de judíos.

El tío Bernardo, como perfecto antioqueño, no quería ser descendiente de indios. Menos de judíos perseguidos, sino de caballeros castizos. Que iluso. Me aterré tan sólo de examinar la desierta posibilidad que en cambio podríamos ser como los Rothschild, esa ralea mezquina de banqueros y usureros dueños del mundo.

A pesar de todo, mi abuela no alcanzó antes de morir a dimensionar las implicaciones de llevar un apellido mestizo estrictamente americano, apellido que nació en la confusión de elementos tan disímiles como el nombre del judío fugitivo y del cacique indio. Lo único que pensaba era que los judíos son malos porque vendieron a Cristo; “pero Cristo era un Judío más, abuela”, “¡peor, Igual lo vendieron!”. Tamaño problema conceptual: pensar en buenos cristianos antes de Cristo.

Estas implicaciones nos dicen que somos otra condición diferente de Europa, sin embargo lustros pasaron desde que no somos la América indígena con que tropezaron por casualidad hace cinco siglos los europeos. Una especie nueva, un género autóctono con retazos de todo, con tantas y tantas sobras del viejo mundo. ¡Y Simón Bolívar pensaba ingenuo que éste basurero sería la “esperanza” del universo!

Cualquier intento de comprender el futuro de los pueblos americanos parte del comienzo de comprender su pasado. Sin idealizaciones, sin mistificaciones, eludiendo lugares comunes, petrificados ídolos de plazoleta que mienten sobre nuestra realidad. La unilateralidad indigenista, a veces fruto del desconocimiento de las propias culturas originarias, puede ser tan sesgada como aquella devoción ciega y enfermiza hacia Occidente que han profesado durante siglos nuestras clases dominantes.

Como los turcos que se sienten desgarrados entre dos continentes, a la mitad del atávico Oriente misterioso y el Occidente racional, nosotros nos observamos ante un espejo roto en minúsculos pedazos, con pocas claridades sobre nuestra esencia. Puede entonces que nuestra identidad sea la incertidumbre y la contingencia, precisamente esa indefinición formidable y dispersa, esa fragmentación de tantos trozos opuestos ligeramente unidos por el azar histórico del devenir americano: un continente que quedó a medias en todo.

Claro que además hay otras implicaciones de esta genealogía Hincapié: linaje espurio del Sefardita fugitivo, que hizo del bonachón y toma trago Jaimito Hincapié un millonario, de mi tío Osquitar un sagaz negociante y a mí, con esta cara de mártir Palestino que luzco, me condujo a enamorarme hace años sin remedio de otra judía errante, de ojos penetrantes y sonrisa cautivadora, no obstante ese cuento creo que no lo alcanzo a confesar…

FOTOS: 1- El tío Osquitar A. Hincapié, 2- los tatarabuelos Hipólito Hincapié y María Engracia Montes, 3- Jaimito Hincapié, 4- los bisabuelos Adela Loaiza y Gerardo Hincapié, y la abuela Melba Hincapié. Nótese la recurrencia en los ojos rasgados (herencia de la india) y en la nariz de Judío (herencia del Sefardita)

 


[1] Montañero no es alpinista. Significa venido de lo más profundo de la montaña, es decir, del subdesarrollo, del atraso, de la ruralidad aplastante: Montañero, aldeano, labriego.

[2] La mayoría de Sefarditas que no adoptaron el cristianismo emigraron tras las persecuciones en España: algunos hacia América pero en un porcentaje mayoritario hacia los Balcanes, el Norte de África y el Oriente Próximo. Gracias a ello en algunas zonas del Oriente y de los Balcanes se cultivó hasta el siglo XIX una variante particular de la lengua española: El Judeoespañol o Ladino, lengua que creo debe estar en desuso hoy día.

 

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6 comentarios

  1. Hincapié

    De hecho se afirma comunmente que los antioqueños o “Paisas” -descendientes de campesinos españoles, principalmente vascos- que colonizaron las cordilleras colombianas, tenían una fuerte ascendencia judía sefardita. Esta afirmación, sin mucha solvencia histórica, da pie para explicar porque aquella región se convirtió al empuje de sus gentes en la génesis del capitalismo colombiano, y además, en un modelo atípico del desarrollo capitalista e industrial en américa latina, continente ahogado por la feudalidad y el latifundio. La historia del judío, que parece traída de algún novela de García Márquez o Germán Espinosa, no explora de hecho la verdadera cara del “milagro” antioqueño: un proceso equitativo de distribución de la tierra similar al de los Pioneers en Estados Unidos que sentó las bases para una acumulación originaria de capitales, capitales que en Colombia se amasaban en torno a la exportación de café y que un siglo después habían crecido tanto como para invertirse en industrias textileras, comercio, bancos, infraestructura, construcción, etc. Hoy en día se invierten en la jugosa industria de la cocaína, de la que depende aprox. el 30% de la economía colombiana, y en la que los “paisas” o antioqueños han sido aventajados negociantes: véase los casos de Pablo Escobar (el capo de capos), del presidente Uribe Vélez o de tantos otros que se lucran, de la familia Valencia Cossio y de tantos otros…
    La pregunta por la historia sin embargo, sigue siendo importante, para saber de dónde venimos y sobre todo, hacia dónde vamos.

    30 marzo, 2011 en 14:01

    • cami

      EL ejemplo de los antioqueños podría ser igual al de los Pioneers y el capitalismo Yankee, al de los industriales catalanes o las oligarquías petróleras del Medio Oriente, o a tantos otros ejemplos en el mundo, donde el patrón común en todos los casos es una veta de acumulación originaria que permite la formación de una clase poderosa que oprime dentro o fuera de su nación. El hecho bruto entonces implica un proceso histórico de despojo, de expansión y consolidación de un nacionalismo que respalde los intereses de la élite en cuestión. Para los antioqueños ese nacionalismo no ha sido otro que la ratificación de su condición como “raza” especial dentro del conglomerado mestizo colombiano, y tal ratificación implica uno de los fenómenos más curiosos y anacrónicos que puedan verse en el continente américano: la justificación que hacen de si mismas las élites y “buenas familias” antioqueñas como descendientes de castellanos y españoles, con “pureza de sangre” y cédulas reales que así lo confirmen, en contraposición con el resto de la masa “mema” que es producto de la mezcla, del mestizaje, de la contaminación con negros e indios. La “indiamenta”, la “chusma”, la “negramenta” como llaman al pueblo. También Hitler justificó sus matanzas con teorías sobre un pueblo superior “puro” y el Estado de Israel basa su dominio criminal en el Oriente Próximo con apartes bíblicos que consideran a los judíos el pueblo “elegido por Dios”. Todo esto para constatar entonces que los nacionalismos, llevados a consecuencias extremas, son siempre el principio del ideal fascista.

      30 marzo, 2011 en 14:20

  2. Pingback: Articulo Indexado en la Blogosfera de Sysmaya

  3. Álvaro Casas Hincapié

    http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/gennrgun/gennrgun9x.htm
    El nombre de un conquistador con apellido Hincapié. Bacano la cosa del vocablo inventado, pero no es probable.

    23 febrero, 2012 en 6:23

  4. Camilo Hincapie

    Gracias, por escribir tan buen articulo, me gustaria saber mas sobre la familia, como el apellido judio, en que viaje llego, y a donde llego el primer hincapie. Ya que esta historia es igual a la que cuenta mi papa pero sin tanta precision.

    24 julio, 2012 en 1:18

  5. gustavo restrepo velez

    genial, una real berraquera ¡¡¡

    30 septiembre, 2013 en 8:31

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